Nace en Lalín (Pontevedra) 1954. Pocas carreras de comienzos más anárquicos y sin embargo, de pronto tan fulgurante como la de este lalinés con escaso aprendizaje académico, bohemio impenitente, que comenzó con trabajos ocasionales, duros, en Madrid y Cataluña, hasta imponer su personalísima concepción de la pintura. Por carecer de lienzos, utilizaba cartones acanalados, de embalajes y las peculiares texturas de su expresión cromática llamaron la atención de la crítica. Lamazares se inició en una figuración de tendencia expresionista, muy sinóptica, con gran economía de medios. Sus cuadros parecían "graffiti" elaborados. Fue evolucionando hacia  

una pintura más meditada, más serena, por completo informalista, en la que dominan grandes espacios negros y tiene una estructura geométrica. Sus caprichosos títulos insinúan, irónicamente, referencias inencontrables. Una cosa cualquiera, un objeto inexistente, se instala en un espacio neutro, y permite al espectador un imaginario diálogo de sugerencias diversas. Antes, como intermedio, ha habido una etapa en la que Tápies estaba presente, con sus muros desconchados y erosionados por el tiempo y la impronta ocasional de mil incisiones. Pintura difícil, extraña y sin embargo fascinante, porque quien la ha hecho posee talento y una inagotable capacidad  inventiva

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